Sonrisas de lo Siniestro.



Después de la segunda Gran Guerra  y la derrota parcial de lo Siniestro, llegó la Guerra Helada. Los mercaderes proveyeron de refugios antinucleares domésticos de nula eficacia pero efectivos en lo simbólico. El producto condensaba, y potenciaba a la vez, al anticomunismo, bicho que se alimentaba del miedo al peligro rojo. Estados Unidos presentó una democrática sonrisa en casa y mantuvo lo Siniestro en el patio trasero. La Escuela de las Américas instruyó a los guerreros encargados de mantener el orden Siniestro en el Sur. Todo valía para que el Monstruo Rojo no avanzara.


El Monstruo pereció precozmente por la mala vida que llevó y por la que le dieron, por méritos propios y ajenos. Y al no ser ya necesario lo Siniestro, todo parecían sonrisas. Pero los ases de la sonrisa se incomodaron al percibir que en el patio aparecían nuevos monstruos. Tratábase de monstruitos, menos grandes y menos sanguíneos que el gran Monstruo Rojo. Y al haberse acostumbrado las gentes a las sonrisas, la táctica de lo Siniestro no podía ser la misma que en otros tiempos. Así fue como Siniestro sonrió y sonrió, enamoró, deslumbró, se fotografió con niños y ancianos, ocultando lo siniestro de su esencia. Después de todo eso, acabó la luna de miel y nos recordó su lado más sombrío, nos recordó que lo Siniestro sabe adaptarse a los tiempos. Cuando nos dimos cuenta, ya lo teníamos en casa.


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