Salud mental y reducción de la jornada laboral.

 


Salud mental y reducción de la jornada de trabajo son dos de los temas que una parte de la izquierda española intenta introducir en el marco de los debates públicos. Serían dos de los significantes flotantes que una izquierda atenta a la coyuntura social prueba a hacer circular para valorar así si son temáticas que pueden tener una relevancia política en estos momentos. 

El contexto de pandemia covid ha facilitado que las preguntas sobre salud mental no sean solamente de las personas con diagnósticos tipo "trastorno mental severo" y sus familiares. En las circunstancias actuales la salud mental se presenta como algo que nos interpela a tod@s.

La lucha por la reducción de la jornada de trabajo se jugó durante el siglo XIX. Los avances tecnológicos en los sistemas de producción no se han traducido en un ajuste de las horas trabajadas. Y la reapertura actual de este debate generará gran escepticismo entre aquell@s que se ven obligados hoy a jornadas de trabajo más largas de lo que la legalidad dice estar regulando.

Por otro lado, la propuesta se da a modo de experimento subvencionado, lo que nos mueve a anticipar que de prosperar lo hará en la administración. Una reforma así tardará en llegar al conjunto de la clase trabajadora, al menos tal y como se está planteando ahora.

Se han perdido muchos puestos de trabajo en la crisis pandémica, y l@s desemplead@s engruesan las filas de l@s escéptic@s. Los efectos de esta crisis se van a hacer más claramente perceptibles a medida que se agoten las medidas de protección social, que en muchos casos han cubierto el hueco que separa la vida laboral de la situación de desempleo sin expectativas de mejora.

El reparto del trabajo y la reducción de la jornada que acompañaría a este reparto son de sentido común, pero la reserva de trabajadores/as desempleados necesitad@s de reincorporarse a la vida laboral cumple su función clásica de abaratar el precio del trabajo.

Trabajar 60 horas, o más, a la semana es algo que los tertulianos de la televisión ultraderechista han venido defendiendo argumentando que ell@s ya practicaban esa dedicación profesional, y que así es como se saca adelante un país. 

Obviamente, el trabajo como algo displacentero, a lo que nos vemos abocados para sobrevivir, no es igual en sus efectos sobre la salud mental que el trabajo vocacional elegido libremente. 

Salud mental y reducción de la jornada laboral son temas entrelazados que requieren, para ser vistos claramente, el quitar las máscaras, y cuando estas caen aparece ante nosotr@s la lucha de clases. Se manifiesta así el conflicto de intereses entre l@s que se benefician de la explotación laboral por un lado, y el sufrimiento mental de l@s que se ven atrapados en relaciones laborales opresivas por otro lado.

El capital nos venderá psicología positiva, autoayuda, coaching, cursos para manejo de la ansiedad y otras herramientas que pueden aligerar el malestar, pero que son compatibles y funcionales al mantenimiento, a la reproducción, de las relaciones de producción y distribución actuales.  

El experimento social de la izquierda de salón recuerda a los de los socialistas utópicos de antaño. Frente a eso, requerimos consciencia de clase y afrontar el conflicto como tal. Se trata de la vieja lucha de clases en la que tendremos que tomar partido.


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